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  • Foto del escritorMaykel Aledo

Hierro


José Martí. Maykel Aledo. Obra de teatro Hierro.
Escenografía de la obra de teatro/Foto: Maykel Aledo

Hierro lleva por nombre. Y por nombre, otro mejor, no pudiera llevar. Y si otro llevase, este sería: Dolor infinito.


Así se llama la última obra de teatro que he visto hace unas tres semanas. Es sobre José Martí; su vida íntima sobre todo, y por supuesto, también, sobre nosotros los cubanos.


¡Ay Cuba!, cuánto tiempo con esos grilletes; con ese trozo de hierro poroso, oxidado y chambón, clavado en las entrañas de todos los que te queremos.


Llevo días queriendo escribir impresiones sobre ella; pero cuando uno ha arribado a esa frontera de la vida, en que la tristeza ha dejado de ser un ejercicio teórico, abrir puertas sin filtros a estados de ánimos, es un lujo que no cualquier día podemos pagar.


Antes de continuar, diré que la obra Hierro es (después de sus Obras Completas, su vida misma, y su tumba), lo más grande y emocionante que he experimentado sobre pepe.


La trama transcurre en dos tiempos esenciales: el del envenenamiento a José Martí en Tampa, y el del drama personal, desgarrador e íntimo, que rodeó al matrimonio Martí y su relación con el matrimonio Mantilla en New York.


Yo, debo decirlo sin complejo, ya desde la primera escena, no pude contener las lágrimas; y no por Martí precisamente, sino por Carmen Zayas Bazán, a quien la historia ha tratado injustamente.


Y es que casi todos hasta hoy, en esencia, o han tratado erróneamente de salvar a Martí condenando a Carmen Zayas Bazán, o han tratado erróneamente también, de salvar a Carmen, condenando a Martí; cuando ambos fueron seres humanos con sus luces y miserias humanas.


Carmen Zayas Bazán erró en su ilusión de ver convertido a Martí ( entregado a Cuba hasta la consecuencia misma de su vida), en un hombre que nunca sería; y sufrió una vida de encierro en el exilio, la infidelidad en la distancia de pepe con Carmen Miyares ( y el nacimiento de una hija entre ambos: María Mantilla), y una vida precaria y de espanto junto a su hijo, de vuelta con su familia en Cuba.


Carmen fue una mujer de su tiempo, que aspiraba a un esposo proveedor, más familiar y menos público; con un estilo de vida más cercano a las comodidades de su crianza, una vida en Cuba ( hay que leer sus desgarradoras y duras cartas a pepe); una vida lejos de las crudezas del exilio, para el que no estaba hecha. Lo triste es que creo, que al final, la vida que terminó teniendo por su decisión de regresar una y otra vez a Cuba, terminó siendo mucho peor, que la que hubiese tenido en el exilio junto a Martí, si desde el inicio, hubiese podido aceptar a pepe un poco más como este era desde que lo conoció. Carmen, amó y le fue fiel a pepe.


José Martí erró en su ilusión de ver convertida a Carmen Zayas Bazán, en una mujer que nunca sería; y sufrió una vida de reproches, incomprensión, soledad, y el dolor terrible, con nada comparado, de la separación de su hijo.


Cuando uno piensa en la vida de Martí, no puede más que venirle a la mente, lo por él mismo expresado en las páginas del presidio: "Dolor infinito debía ser el único nombre de estás páginas". Eso fueron las páginas de su vida.


Siendo aún casi niño, la prisión y el trabajo forzado en la canteras de San Lázaro, marcarían para siempre su destino: “porque el dolor del presidio es el más rudo, el más devastador de los dolores” y deja en el alma “huellas que no se borrarán jamás”. Y no se borraron tampoco jamás, de su salud física: sus estados febriles, las cicatrices dolientes de por vida en sus tobillos por los grilletes; imaginar solo, el dolor terrible, de extraer con jeringa, a sangre fría, pus de uno de sus testículos.


El destierro, la muerte de hermanas y padre; el vagar en soledad por medio mundo y el miedo terrible de morir sin patria en el exilio. Las calumnias, las discordias entre los cubanos patriotas y la lucha por el poder. La “traición” de su esposa de pedir en secreto asilo, nada más y nada menos, que en el consulado español, y de llevarse sin su permiso a su hijo de vuelta a Cuba una vez más. La angustia del secreto y la traición; de no poderla mirar a los ojos, abrazarla y decirle: mi hija.


El asedio español, el intento por asesinarlo llegando a envenenarlo con ácido y sus terribles consecuencias en su ya maltrecha salud. Y un hombre que aún así, dice: yo no sé odiar; y se hecha sobre sus hombros, para bien o para mal, un país entero; y se convierte así, en Apóstol de la independencia de Cuba. Y se convierte también, para bien o para mal, en casi dios viviente para los cubanos de "Cayo Hueso", Tampa y New York. Incluso su envenenador, a quien Pepe perdonó, partiría a los campos de batalla.


En medio de todo eso, creo que el amor incondicional de Carmita Miyares, su amante, y de su hija María, fueron un poco, su única cura. Si Martí hubiese podido aceptar un poco más a Carmen Zayas Bazán, como esta era desde que la conoció, quizás hubiese sido un poco más feliz. Martí, amó a Carmen y le fue infiel. Creo que al final, Martí también amó a Carmita. Pagaron por sus errores y fueron también, víctimas de su tiempo.


Volviendo a la obra, esta trata con justicia también, el dolor y las figuras que por lo general se olvidan, del señor Mantilla y su esposa Carmen Miyares. Mantilla, doblemente traicionado. A veces creo que este, al final, tuvo que haberlo sabido, y terminó aceptándolo.


Carmen Miyares. Hay que “limpiar” ese nombre. A pesar de sus errores, fue una mujer tremenda, que amó como nadie a pepe; enfrentó la vida codo a codo primero junto a este, y luego, sola con tres hijos.


La interpretación de Martí por parte de Caleb es lo nunca visto; una cosa impresionante y no exagero. Es una lucha en tu mente, durante el primer minuto, con el físico del actor, que para nada se asemeja al de pepe; pero enseguida uno se rinde. Y puesto que es de Martí de quien hablamos, pues se entenderá que no hablamos de poca cosa, y sí mucho el mérito del actor.

Porque la obra va de todo esto y más, me ha extrañado que no haya trascendido más la obra; o quizás, precisamente por ello, es por lo que no haya trascendido más.


Uno se pregunta viendo la obra, si acaso Martí no se habrá inventado una Cuba que era solo posible en su mente.


Y la pregunta que queda flotando en el aire, al finalizar, cuando en un largo silencio “Martí" increpa con su mirada a los cubanos; esa es la pregunta: de qué han servido el ejemplo y el sacrificio de su vida?

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